Imagino en sus noches intranquilas a Cecilia López, a Carlos Gaviria y a Gustavo Petro, entre muchos otros, teniendo pesadillas con Uribe como candidato y luego pasar a una fase de sueño más tranquilo con el Presidente anunciando que no se lanza a una segunda reelección.
Lo ha dicho en todos los términos: desde aquella declaración de la hecatombe, Uribe manifestó que no se lanzaría a un nuevo periodo, salvo que la supuesta coalición de gobierno no lograra ponerse de acuerdo para elegir y apoyar a un solo candidato a la presidencia. El reto directo fue a las vanidades de los caciques del “uribismo” quienes, como doncellas veleidosas, se consideran a sí mismos como los únicos llamados a ocupar el puesto que debe dejar Uribe el 7 de agosto de 2010.
Sin embargo, al margen de las vanidades y de la credibilidad que le otorgan a sus círculos íntimos –esos que les dicen al oído que son predestinados-, la supuesta coalición de gobierno debe pensar en algo fundamental: la decisión popular.
Puede que a Nancy Patricia Gutiérrez le parezca de lo más chirriado su jefe Vargas Lleras, o que a Carlos Ferro, el nuevo presidente de la U, le llame la atención Juan Manuel Santos, o que a Hernán Andrade, el senador conservador que hoy ocupa la presidencia del Senado, le gusten Holguín Sardi o Andrés Felipe Arias, pero todas esas simpatías son simples anécdotas que no garantizan la sintonía de sus líderes con los ciudadanos.
El último llamado que hizo el Presidente a la supuesta bancada oficialista es prácticamente una amenaza que deben estudiar con juicio: o analizan bien a quién van a respaldar de manera unánime, establecen un acuerdo y lo apoyan hasta el final; o de lo contrario voy por la segunda reelección en la que seguramente no necesitaré la maquinaria ni el respaldo de sus agrupaciones políticas… en otras palabras, corren el riesgo de salir de la torta burocrática y eso, en la práctica, condena a muerte a algunos de esos movimientos.
Los votos de Uribe no son transferibles. Tampoco implica que si toman una decisión equivocada de respaldar, por ejemplo a Holguín Sardi, éste tenga la posibilidad de atraer a los votantes que siguen al Presidente. En realidad el trabajo que le espera al hipotético candidato del “uribismo” es enorme y requerirá un esfuerzo importante para heredar el caudal electoral y llegar a la silla presidencial.
En todo este proceso es muy probable que la “coalición” estalle como “Ricaurte en San Mateo”. Nada raro que las vanidades, la incapacidad o la ausencia de sintonía entre el candidato y los ciudadanos, termine por entregar la presidencia a un miembro de la oposición que venga trabajando desde hace tiempo en deslindarse del concepto primario que tienen los colombianos de lo que significan las Farc.
Así las cosas, si el tortuoso camino que le espera al referendo para la segunda reelección sufre algún accidente y no puede continuar, la “coalición” quedaría en “átomos volando” y la otra coalición, la que se está formando entre el sector aparentemente menos radical de la izquierda y el liberalismo, terminaría recibiendo la banda presidencial el 7 de agosto de 2010.
En este escenario entraría a jugar una nueva reforma constitucional para que Uribe pueda aspirar a la presidencia en 2014, contando con que conservará, además de las mayorías en el Congreso, el mismo respaldo popular que tiene en la actualidad y que la gestión del inquilino de la Casa de Nariño entre el 2010 y el 2014 sirva para que los ciudadanos hagan un ejercicio de contraste que sea lo suficientemente contundente para que se añore el retorno al poder de Uribe Vélez.
La apuesta es altísima, pues ya se vio en Bogotá que ellos llegan al poder y así no hagan nada -o peor, destruyan la ciudad como lo hizo Luis Eduardo Garzón- se ocupan cuidadosamente de instalar sus maquinarias y aceitarlas juiciosamente para atornillarse y apoderarse del mando. Con cuatro años en la presidencia ellos podrían cambiar la Constitución, reducir el gasto militar a los niveles paupérrimos de los años 90, impulsar acuerdos humanitarios con despeje y todo y entregarle al aparato militar de las Farc, el tanque de oxígeno que tanto necesitan.
No hay que llamarse a engaños: entregar el poder al PDA, o al liberalismo, o a ambos, no será un experimento de ensayo y error sino una oportunidad para que se queden en el poder mediante políticas asistencialistas, exacerbación de los ánimos antiyanquis, arengas de “dignidad” y la promesa de la unidad latinoamericana. Además será la oportunidad para que recuperen el poder los retardatarios de siempre, como Ernesto Samper, Alfonso López Caballero y otros de la misma casta.
No es lanzando al “escarnio” público como Uribe debe preparar a su sucesor. En su momento deberá dar un guiño y su respaldo frontal a una persona capaz de continuar la tarea y preservar los tres pilares de su gobierno. Además, debe mirar más allá de sus afectos o inquinas y considerar la opción que sea capaz de aglutinar más votantes y ganar unas elecciones.
Ciertamente el Presidente no tiene motivos para anunciar desde ya su decisión. Por el contrario: la estrategia puede obligar, en teoría, a la conformación de una verdadera alianza en torno a la seguridad democrática, la cohesión social y la confianza para el inversionista, con una sola cabeza visible y un enorme grupo de obreros, anónimos si se quiere, cuyas vanidades y ambiciones quedarán aplazadas o sepultadas definitivamente.
Pero tarde o temprano llegará el momento de la decisión y mientras eso ocurre, el “uribismo” debe exhibir como precandidatos a tres o cuatro pesos pesados de la política nacional. Que no nos vengan con Holguín Sardi, ni con Martha Lucía Ramírez, ni con el ministro Arias… seamos serios: Nohemí Sanín, Juan Manuel Santos o Germán Vargas Lleras son nombres de peso, toreados en varias plazas y seguramente capaces de continuar las labores emprendidas. ¡Claro! En la lista no puede faltar Sergio Fajardo, un fenómeno que sabe trabajar la política, le resulta simpático al elector y puede posicionarse como una figura refrescante en el mapa electoral colombiano.
Eso si: ya es hora de que Juan Manuel Santos se retire del Ministerio, que Nohemí abandone las mieles de la reina Isabel y que Germán Vargas ponga la cara. Hay que tomar la temperatura de la ciudadanía frente a cada uno de los pesos pesados y pulir el mecanismo de consulta para que sean los electores los que decidan a quién le darán el guiño en las urnas.
La hecatombe anunciada por Uribe no es tan fácil de desactivar, pero hay que hacerlo desde ya.
Por Jaime Restrepo. Director de Atrabilioso.
