Por Wilfredo Moreno. Columnista invitado al Sistema Atrabilioso.
Si a alguien se le ocurriera escribir un libro sobre los grandes protagonistas de la política colombiana en esta época, la lista la tendrían que encabezar necesariamente Álvaro Uribe y Enrique Peñalosa, dos personajes con virtudes suficientes para escribir páginas de oro en la historia del país. Por diferencias de sensibilidad sólo uno de ellos logró sus objetivos.
Alguien afirma que la mejor ventaja que veía en Enrique Peñalosa era la de ser “extranjero” es decir, de haberse criado y educado en los países más civilizados del mundo y al mismo tiempo poseer la capacidad para adaptar esa civilidad al país. Un extranjerismo que se convertiría en espada de doble filo para sus aspiraciones.
Peñalosa fue un forastero dentro del circo que es la política colombiana, carecía de tacto, nunca supo cuándo debía comportarse como un gladiador para defenderse ni cuándo debía pasar de agache para confundirse entre sus enemigos, nunca creyó necesario tener aliados y cuando vio la necesidad de buscarlos dio pasos hacia el vacío. Es más, nunca supo quiénes estaban con él ni quiénes querían destruirlo. Y lo peor de todo, ni siquiera supo por qué.
A diferencia de Peñalosa, Uribe se formó dentro de la política colombiana, siempre militando dentro de las toldas del otrora grandioso Partido Liberal y desde esa plataforma dio todos los pasos que creyó necesarios para su carrera. Siempre contó con alianzas que le resultaron efectivas para aguantar cualquier embestida de sus enemigos políticos y mediáticos.
Por esa razón a Uribe no le incomodo aliarse con ultraconservadores ni con izquierdistas civilistas, uniones que en muchos casos resultaron muy fructíferas, como cuando termino abrazando ideas de Enrique Gómez Hurtado, un godo con mentalidad antiquísima pero que desde siempre había mantenido un discurso fuerte en contra del terrorismo y de la forma en que se lo intentaba complacer.
Tal vez el peor error de Peñalosa no fue tanto su falta de madurez política como su miopía para entender al país de antes de Uribe ni al de después. Álvaro Uribe dedicó parte de su vida a construir un escudo y una espada para defenderse en una guerra que eventualmente surgiría con sus ideas, una guerra respecto de la cual Peñalosa nunca se convenció de que era la misma suya y que a larga terminaría por arrastrarlo contra su voluntad.
El fracaso de Peñalosa se puede atribuir al desconocimiento de la realidad del país y de sus motivaciones, acompañado de una visión que se limitó a buscar la forma de construir un país moderno encima de uno antiguo pero sin lo más importante: una estrategia para contrarrestar los movimientos bruscos y sus efectos colaterales de ese país antiquísimo que se resiste a desaparecer. Eso fue, la colombianidad y la dificultad para adaptarse a ella lo que marcó la diferencia de estos dos titanes de la política colombiana.
Si a alguien se le ocurriera escribir un libro sobre los grandes protagonistas de la política colombiana en esta época, la lista la tendrían que encabezar necesariamente Álvaro Uribe y Enrique Peñalosa, dos personajes con virtudes suficientes para escribir páginas de oro en la historia del país. Por diferencias de sensibilidad sólo uno de ellos logró sus objetivos.
Alguien afirma que la mejor ventaja que veía en Enrique Peñalosa era la de ser “extranjero” es decir, de haberse criado y educado en los países más civilizados del mundo y al mismo tiempo poseer la capacidad para adaptar esa civilidad al país. Un extranjerismo que se convertiría en espada de doble filo para sus aspiraciones.
Peñalosa fue un forastero dentro del circo que es la política colombiana, carecía de tacto, nunca supo cuándo debía comportarse como un gladiador para defenderse ni cuándo debía pasar de agache para confundirse entre sus enemigos, nunca creyó necesario tener aliados y cuando vio la necesidad de buscarlos dio pasos hacia el vacío. Es más, nunca supo quiénes estaban con él ni quiénes querían destruirlo. Y lo peor de todo, ni siquiera supo por qué.
A diferencia de Peñalosa, Uribe se formó dentro de la política colombiana, siempre militando dentro de las toldas del otrora grandioso Partido Liberal y desde esa plataforma dio todos los pasos que creyó necesarios para su carrera. Siempre contó con alianzas que le resultaron efectivas para aguantar cualquier embestida de sus enemigos políticos y mediáticos.
Por esa razón a Uribe no le incomodo aliarse con ultraconservadores ni con izquierdistas civilistas, uniones que en muchos casos resultaron muy fructíferas, como cuando termino abrazando ideas de Enrique Gómez Hurtado, un godo con mentalidad antiquísima pero que desde siempre había mantenido un discurso fuerte en contra del terrorismo y de la forma en que se lo intentaba complacer.
Tal vez el peor error de Peñalosa no fue tanto su falta de madurez política como su miopía para entender al país de antes de Uribe ni al de después. Álvaro Uribe dedicó parte de su vida a construir un escudo y una espada para defenderse en una guerra que eventualmente surgiría con sus ideas, una guerra respecto de la cual Peñalosa nunca se convenció de que era la misma suya y que a larga terminaría por arrastrarlo contra su voluntad.
El fracaso de Peñalosa se puede atribuir al desconocimiento de la realidad del país y de sus motivaciones, acompañado de una visión que se limitó a buscar la forma de construir un país moderno encima de uno antiguo pero sin lo más importante: una estrategia para contrarrestar los movimientos bruscos y sus efectos colaterales de ese país antiquísimo que se resiste a desaparecer. Eso fue, la colombianidad y la dificultad para adaptarse a ella lo que marcó la diferencia de estos dos titanes de la política colombiana.