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martes, 6 de marzo de 2007

La responsabilidad política

Por Jaime Restrepo. Director Sistema Atrabilioso

El resurgimiento del proceso 8000 ha puesto a los restos del partido liberal en pie de lucha: mientras Gaviria pide deslindar de culpas al Partido que dirige, Serpa se sintió traicionado y tuvo el valor de renunciar a la prescripción del proceso ante la Fiscalía.
El ex presidente Gaviria no quiere que el liberalismo cargue más con el lastre histórico del Proceso 8.000 y pretende dejarle ese costo político a quienes fueron sus protagonistas.
Ahora, lo que queda del liberalismo, se trenza en una pelea de imprevisibles consecuencias, sobre todo a menos de ocho meses de la elección de gobernadores y alcaldes.
En primer término, llama la atención la intención del Jefe único (e irrepetible) del liberalismo, cuando intenta desconocer los fallos proferidos por la justicia y pretende deslindar al liberalismo de la responsabilidad política en el 8000: "Con la responsabilidad política del 8.000 no pueden cargar sino los protagonistas de entonces".
Eso es imposible: Ernesto Samper fue candidato del partido Liberal, elegido por la poderosa maquinaria de ese partido, y EXHONERADO en el Congreso por cuenta de las cuotas y pagos que hizo el entonces Presidente a sus jueces.
Pero es el Partido al que representaba Samper lo grueso del asunto: no es posible salir ahora a decir que los liberales no tienen porqué asumir la responsabilidad política, pues fue el mismo Partido, el de la antigua y eterna sede de la avenida Caracas en Bogotá, el que avaló y promovió a Samper a la Presidencia.
Además, resulta curioso, por decir lo menos, que Gaviria haya respaldado a Serpa como candidato a la Presidencia, y ahora pretenda dar un paso al costado y lavarse las manos para que no lo salpique la resurrección del 8000.
Hay que ser consecuentes: la responsabilidad política del proceso por la relación entre el Cartel de Cali y la campaña LIBERAL a la Presidencia es del partido de marras, pues no tiene sentido que Samper haya llegado a la Primera Magistratura a nombre de ese partido, se haya defendido con la maquinaria de ese partido, sea contado como lo que es, un ex presidente liberal, y ahora los liberales quieran salir impólutos de esa situación.
La posición de Gaviria es una evasión inexcusable: "hay millones de colombianos, muchos de ellos con simpatías por el liberalismo, que no sienten culpa ni responsabilidad alguna con esos episodios, y que no aceptarían pertenecer a un partido que duda sobre su actitud frente a ese hecho ominoso de nuestra historia".
Es cierto que los electores no tienen por qué asumir una responsabilidad más allá de haber votado bien o mal, o sentirse traicionados por el elegido que no cumplió el encargo que le fue encomendado. Unos pocos electores sencillamente proyectan la culpa y señalan a los demás por el error cometido. Sin embargo, algo de razón tienen esos electores cuando han votado por un candidato que prometía el cielo y la tierra, y termina entregando lodo y estiércol.
Pero un partido, y sobre todo sus dirigentes, no pueden deslindarse de esa responsabilidad y mucho menos cuando decidieron irse del país para desligarse por completo de la situación política que dejaron. Porque lo cierto es que algunos de los triunfos policiales de Gaviria se debieron, en buena medida, a la información suministrada por el cartel de Cali, el mismo que patrocinó la campaña Samper Presidente del partido Liberal.
Así las cosas, todo partido que respalde o avale a un candidato que finalmente termine implicado en hechos delictivos (narcotráfico, relación o vínculos con paramilitares o terroristas) debe asumir su responsabilidad política, partiendo de la premisa esencial de abandonar la soberbia y acercarse a otros sectores con el propósito de aproximarse a un acuerdo nacional.
Ni el liberalismo, ni los conservadores, ni la izquierda democrática, ni los movimientos como la U, o Cambio Radical; pueden eludir los errores politiqueros que cometieron al apoyar a ciudadanos comprometidos con oscuros intereses.
Es que la responsabilidad política es inherente al ejercicio de la política, y no se entiende cómo un partido, o un movimiento, o un Presidente, pueden eludir esa responsabilidad ante los ciudadanos.
De hecho, el ejercicio de la política implica asumir errores y aciertos, disfrutar las pocas mieles de las decisiones positivas y recibir, con entereza, la avalancha por las decisiones equivocadas.
Así las cosas, la autoridad moral de la que tanto se habla, necesita que los partidos asuman su historia, con toda la carga que eso implica, pues uno de los grandes problemas del país es el desconocimiento y evasión de la historia, señalando que todo ocurrió en otra generación y que esa carga fue heredada.
Pero en el caso de Samper, es bueno recordar que Gaviria despreciaba a su ministro de Desarrollo (las palabras que empleaba Gaviria, para referirse a Samper las ha dicho Mauricio Vargas en varias ocasiones) y fue después de ser Ministro que se lanzó a la Presidencia, después del gobierno Gaviria.
Entonces, resulta difícil que el partido Liberal salga con la fábula de evadir su responsabilidad política en el 8.000, teniendo en cuenta además, que la gran mayoría de los políticos vinculados y condenados en ese proceso, eran liberales.
Y aunque al liberalismo le moleste, los orígenes de muchos de los que ahora están en problemas por el tema de la para-política están en el liberalismo y el propio Presidente proviene de ese partido y fue Gobernador de Antioquia en representación de la colectividad roja.
Entonces, no es hora de rasgarse las vestiduras por cuenta de las reflexiones de un embajador entrometido, sino asumir con seriedad la sentencia que el funcionario venezolano emitió, pues más allá de pasiones nacionalistas, de diatribas sobre la soberanía y de los mitos en cuanto a la no intervención de los diplomáticos en asuntos internos del país; las palabras del Embajador deberían motivar una reflexión inmediata en ese partido y dejar de mirar a los que pueden salvarlo en las altas esferas de esa colectividad: de repente la juventud, la inteligencia y el entusiasmo de liberales como Juan Manuel Galán, o Carlos Julio González, o Rafael Pardo Rueda, sean los líderes que necesitan para dejar atrás ese pasado bochornoso que surge, de vez en cuando, cobrando una cuenta pendiente con la historia y con el país.