Por: Miguel Yances Peña. Columnista de El Universal de Cartagena.
myances@msn.com
Aprendí que una vez que las personas toman partido en una causa, usualmente por consideraciones emotivas u obedeciendo intereses egoístas, es prácticamente imposible por mas contundente que sean los argumentos esgrimidos, hacerle cambiar de posición.
Lo digo porque tratando de presentar ideas y nuevos puntos de vista sobre la problemática nacional, e imaginándome que la izquierda también era democrática, pluralista y tolerante, me tomé el atrevimiento de meterme en un foro de correos electrónicos que replica columnas de opinión que controvierten y atacan al gobierno, y que invadían el mío con mas de 20 correos al día.
La reacción fue inmediata, “que ese era un órgano de oposición y no le daban cabida a mis opiniones”. Ni más ni menos que la información, y la opinión, tomadas como un arma para obtener un fin, y por lo tanto carente de objetividad. Seguí haciéndolo, hasta que el director cayó en cólera y me sacó de su lista de correo (deje de recibir spams) y bloqueó del todo mis opiniones.
Por la beligerancia del director, no me queda ninguna duda que es menos peligroso atacar al gobierno que defenderlo, y mucho menos peligroso que atacar a la izquierda. Esa de por si podría ser una explicación –además del morbo nacional- de que sean más los que a través de la columnas de opinión atacan al gobierno; y de ahí también el temor de nosotros, de que la izquierda beligerante e intolerante –no toda lo es- llegue al poder.
Ha sido una experiencia interesante que me permitió entender que precisamente quienes mas se quejan de la democracia, la falta de pluralismo y la libertad de expresión, sean quienes menos respetan esos principios; y eso denota simplemente que sus posiciones ideológicas son tan frágiles, que tienen que convertirlas en actos de fe.
Lo que ningún jurista podrá explicar (ese era el tema) y nadie podrá entender, es que un mismo hecho delictivo resulte menos grave cuando se usa para derrocar un Estado (delito político) que cuando se hace para defenderlo. Es como si fuera más grave defender la propia vida, la honra y los bienes, que tratar de quitárselo a los demás; o como si fuera menos grave invadir países, que la defensa que de él hagan sus nacionales.
En su columna del sábado 18 de agosto en EL TIEMPO, Carlos Gaviria intenta explicarlo en los siguientes términos: “Esa tradición occidental que tiene en la revolución francesa un hito inocultable -se refiere al delito político- contradijo la mentalidad prevalerte hasta entonces, defensora del derecho divino de los reyes y aun de la naturaleza divina de los gobernantes, que juzgaba el atentar contra lo que ellos encarnaban el más grave hecho pensable. El crimen majestatis (crimen de lesa majestad) fue su producto inevadible.” Lo que a mi entender significa, que acabar con el delito político es volver a la divinidad de los gobernantes.
Absurda tesis en esta época. Más razonable es, que quienes quieran tumbar al gobierno por la vía de las armas, se expongan al riesgo de ser derrotados y juzgados, si no por la rebelión en sí, por los crímenes que cometan. Eso desestimularía los levantamientos armados, mientras que los beneficios del delito político, los está estimulando.
Si los alzados en armas logran tumbar el gobierno, en la práctica ellos serán la nueva ley, pero si ni lo tumban, ni son derrotados, entonces en los diálogos de paz se tienen que crear las nuevas leyes que surgen de los acuerdos.
La rebelión en sí, es consecuencia del derecho a disentir y puede ser tratado con benevolencia, Un buen ejemplo de esta teoría de la rebelión, son los movimientos que fundamentan su accionar en acciones populares de gran espectacularidad, tipo Robin Hood, El Zorro, o el M19 en sus inicios. Pero la lucha armada involucra acciones de guerra en las que inevitablemente, se lesionan el DIH.
Aprendí que una vez que las personas toman partido en una causa, usualmente por consideraciones emotivas u obedeciendo intereses egoístas, es prácticamente imposible por mas contundente que sean los argumentos esgrimidos, hacerle cambiar de posición.
Lo digo porque tratando de presentar ideas y nuevos puntos de vista sobre la problemática nacional, e imaginándome que la izquierda también era democrática, pluralista y tolerante, me tomé el atrevimiento de meterme en un foro de correos electrónicos que replica columnas de opinión que controvierten y atacan al gobierno, y que invadían el mío con mas de 20 correos al día.
La reacción fue inmediata, “que ese era un órgano de oposición y no le daban cabida a mis opiniones”. Ni más ni menos que la información, y la opinión, tomadas como un arma para obtener un fin, y por lo tanto carente de objetividad. Seguí haciéndolo, hasta que el director cayó en cólera y me sacó de su lista de correo (deje de recibir spams) y bloqueó del todo mis opiniones.
Por la beligerancia del director, no me queda ninguna duda que es menos peligroso atacar al gobierno que defenderlo, y mucho menos peligroso que atacar a la izquierda. Esa de por si podría ser una explicación –además del morbo nacional- de que sean más los que a través de la columnas de opinión atacan al gobierno; y de ahí también el temor de nosotros, de que la izquierda beligerante e intolerante –no toda lo es- llegue al poder.
Ha sido una experiencia interesante que me permitió entender que precisamente quienes mas se quejan de la democracia, la falta de pluralismo y la libertad de expresión, sean quienes menos respetan esos principios; y eso denota simplemente que sus posiciones ideológicas son tan frágiles, que tienen que convertirlas en actos de fe.
Lo que ningún jurista podrá explicar (ese era el tema) y nadie podrá entender, es que un mismo hecho delictivo resulte menos grave cuando se usa para derrocar un Estado (delito político) que cuando se hace para defenderlo. Es como si fuera más grave defender la propia vida, la honra y los bienes, que tratar de quitárselo a los demás; o como si fuera menos grave invadir países, que la defensa que de él hagan sus nacionales.
En su columna del sábado 18 de agosto en EL TIEMPO, Carlos Gaviria intenta explicarlo en los siguientes términos: “Esa tradición occidental que tiene en la revolución francesa un hito inocultable -se refiere al delito político- contradijo la mentalidad prevalerte hasta entonces, defensora del derecho divino de los reyes y aun de la naturaleza divina de los gobernantes, que juzgaba el atentar contra lo que ellos encarnaban el más grave hecho pensable. El crimen majestatis (crimen de lesa majestad) fue su producto inevadible.” Lo que a mi entender significa, que acabar con el delito político es volver a la divinidad de los gobernantes.
Absurda tesis en esta época. Más razonable es, que quienes quieran tumbar al gobierno por la vía de las armas, se expongan al riesgo de ser derrotados y juzgados, si no por la rebelión en sí, por los crímenes que cometan. Eso desestimularía los levantamientos armados, mientras que los beneficios del delito político, los está estimulando.
Si los alzados en armas logran tumbar el gobierno, en la práctica ellos serán la nueva ley, pero si ni lo tumban, ni son derrotados, entonces en los diálogos de paz se tienen que crear las nuevas leyes que surgen de los acuerdos.
La rebelión en sí, es consecuencia del derecho a disentir y puede ser tratado con benevolencia, Un buen ejemplo de esta teoría de la rebelión, son los movimientos que fundamentan su accionar en acciones populares de gran espectacularidad, tipo Robin Hood, El Zorro, o el M19 en sus inicios. Pero la lucha armada involucra acciones de guerra en las que inevitablemente, se lesionan el DIH.