Por Jaime Restrepo. Director Sistema Atrabilioso
La tradición fue vulnerada. El honor policial fue mancillado. De repente un cualquiera que fue elegido como Presidente decidió pasar por encima de la tradición y del “honor” de unos consagrados servidores de la patria.
Después de la publicación de las interceptaciones, Álvaro Uribe y su ministro de la Defensa decidieron hacer un revolcón en la Policia, para darle paso a un General que lleva poco menos de 18 meses como oficial de insignia.
Para nombrar a Oscar Naranjo, el Gobierno tenía que desconocer la antigüedad y la tradición de la fuerza, las que indican que al renunciar el Director, asume ese cargo el oficial de insignia (así se denomina a los generales) con más antigüedad en la fuerza.
Así las cosas, contrario a lo que algunos han venido informando, nueve generales salieron de la Policía porque no soportaron que un oficial con menos antigüedad asumiera el mando e incluso que tuviera la potestad de darles órdenes. A eso se refieren cuando hablan del honor, es decir, la imposibilidad de reconocer que alguien más novato tenga mayores méritos y muchos más éxito y por lo tanto pueda quedar, en la línea de mando, por encima de unos más antiguos.
En cuanto a la tradición, es sabido que en las Fuerzas Armadas de Colombia la gente asciende por tiempo y por tener la hoja de vida limpia, sin importar si su trabajo fue bien realizado o si obtuvo resultados en la lucha contra el delito.
Lo mismo ocurre con todos los grados, salvo que los de general (brigadier general, mayor general y general) requieren además de una gran influencia política para que no los descabecen cuando se estudian los ascensos de coroneles a generales.
La tradición y la promoción casi automática por tiempo de servicio (antigüedad) son los mayores obstáculos para un proceso de meritocracia en las Fuerzas Armadas, pues son los lineamientos para elegir a los que operan las políticas de seguridad del Estado.
¿Alguien quiere que, por tradición o antigüedad, las Fuerzas Armadas sigan quedando muchas veces en manos de incompetentes, cuyas órdenes son recibidas por algunos que tienen los méritos y el talento para desarrollar mucho mejor el delicado encargo?
Lo cierto es que el retiro de los 11 generales, dos por asumir la responsabilidad de las interceptaciones y 9 por “honor” policial, causó una verdadera conmoción en los generales retirados de la Policía.
Es más: esos “guardianes de la antimeritocracia” enviaron una carta al Presidente en la que plasman su molestia por el absurdo de seleccionar al mejor como Director y dejar en el camino a varios que estaban convencidos de ocupar ese cargo, no por méritos, sino por tiempo, tradición y antigüedad.
La carta dice: “Somos respetuosos de las decisiones tomadas por usted, en especial en la designación del señor Brigadier General Oscar Adolfo Naranjo Trujillo, como nuevo Director General de la Policía Nacional, dadas sus brillantes calidades y cualidades profesionales”.
Esto significa que no tienen ninguna observación sobre las calidades y cualidades profesionales de Naranjo Trujillo. Es más: las destacan, por lo que se puede inferir que coinciden en que la decisión fue correcta.
Sin embargo, más adelante los generales retirados de la Policía, incluidos por supuesto los que fueron a defender a Santofimio Botero, dicen: “(…)disentimos de la forma en que, haciendo uso de su poder discrecional, viene quebrantando las jerarquías institucionales, no respetando las antigüedades adquiridas por el tiempo de servicio de oficiales, a quienes la nación les ha reconocido sus meritorias hojas de servicio con el título de Generales de la República.”
He ahí la afrenta: Uribe desconoció las jerarquías y la tradición de heredar el mando al más antiguo y no al mejor. Lo anterior es una muestra de mezquindad pues por encima de las jerarquías y de las antigüedades deben estar las calidades, las capacidades y el brillo de una carrera exitosa: estas deberían ser las únicas consideraciones para cualquier ascenso, y no los argumentos mediocres del colegio de generales de la Policía Nacional.
Posteriormente los generales explican que “al vulnerar las jerarquías y la antigüedad, se truncan las carreras profesionales de meritorios y brillantes jefes de larga trayectoria y experiencia de más de 30 años.” Lo que deberían exigir es que la escogencia de los generales se base en los méritos y no en las influencias políticas o en la vinculación a una de las roscas que existen en la cúpula de la Policía… pero no, hay que ayudar a los mediocres a que lleguen a los mejores cargos y puedan coronar con honores y medallas, no solo su carrera sino su pensión de jubilación.
Lo que tampoco les quedó claro a los firmantes es que los generales no salieron por cometer algún delito (salvo que alguno decida hablar de la politización de la cúpula) sino porque había un novato mejor que los antiguos.
Finalmente los generales dicen: “nos preocupa sobremanera, las repercusiones que sus acciones se deriven en el quebrantamiento de la moral del personal en todas sus jerarquías”… ¿Qué puede quebrar más la moral de una persona que ver ascender a alguien que no lo merece y que tiene menos operaciones exitosas, menos resultados para mostrar y solo puede presentar unos calendarios como único testimonio de méritos?
Eso si desmoraliza, y además genera desmotivación, pues sin ser osado, sin poner en peligro el pellejo (todo lo contrario a la actividad policial) y siendo honrado, esa persona puede ascender en un tiempo determinado: Si la gente sabe que su trabajo le dará el ascenso (como en cualquier empresa) se esforzará por hacerlo bien, por arriesgar un poco, por entregar resultados positivos y por cumplir con las metas planteadas.
Mientras eso no ocurra, mientras el Colegio de Generales de la Policía se indigne porque se rompan esas tradiciones, seguiremos viendo en las calles y en los campos, a muchos oficiales que tienen que combatir, pero no mucho, para no desgastarse y poder llegar completos al siguiente ascenso… al fin y al cabo solo es cuestión de tiempo para que le pongan una barrita o una estrella más en su hombro.
La tradición fue vulnerada. El honor policial fue mancillado. De repente un cualquiera que fue elegido como Presidente decidió pasar por encima de la tradición y del “honor” de unos consagrados servidores de la patria.
Después de la publicación de las interceptaciones, Álvaro Uribe y su ministro de la Defensa decidieron hacer un revolcón en la Policia, para darle paso a un General que lleva poco menos de 18 meses como oficial de insignia.
Para nombrar a Oscar Naranjo, el Gobierno tenía que desconocer la antigüedad y la tradición de la fuerza, las que indican que al renunciar el Director, asume ese cargo el oficial de insignia (así se denomina a los generales) con más antigüedad en la fuerza.
Así las cosas, contrario a lo que algunos han venido informando, nueve generales salieron de la Policía porque no soportaron que un oficial con menos antigüedad asumiera el mando e incluso que tuviera la potestad de darles órdenes. A eso se refieren cuando hablan del honor, es decir, la imposibilidad de reconocer que alguien más novato tenga mayores méritos y muchos más éxito y por lo tanto pueda quedar, en la línea de mando, por encima de unos más antiguos.
En cuanto a la tradición, es sabido que en las Fuerzas Armadas de Colombia la gente asciende por tiempo y por tener la hoja de vida limpia, sin importar si su trabajo fue bien realizado o si obtuvo resultados en la lucha contra el delito.
Lo mismo ocurre con todos los grados, salvo que los de general (brigadier general, mayor general y general) requieren además de una gran influencia política para que no los descabecen cuando se estudian los ascensos de coroneles a generales.
La tradición y la promoción casi automática por tiempo de servicio (antigüedad) son los mayores obstáculos para un proceso de meritocracia en las Fuerzas Armadas, pues son los lineamientos para elegir a los que operan las políticas de seguridad del Estado.
¿Alguien quiere que, por tradición o antigüedad, las Fuerzas Armadas sigan quedando muchas veces en manos de incompetentes, cuyas órdenes son recibidas por algunos que tienen los méritos y el talento para desarrollar mucho mejor el delicado encargo?
Lo cierto es que el retiro de los 11 generales, dos por asumir la responsabilidad de las interceptaciones y 9 por “honor” policial, causó una verdadera conmoción en los generales retirados de la Policía.
Es más: esos “guardianes de la antimeritocracia” enviaron una carta al Presidente en la que plasman su molestia por el absurdo de seleccionar al mejor como Director y dejar en el camino a varios que estaban convencidos de ocupar ese cargo, no por méritos, sino por tiempo, tradición y antigüedad.
La carta dice: “Somos respetuosos de las decisiones tomadas por usted, en especial en la designación del señor Brigadier General Oscar Adolfo Naranjo Trujillo, como nuevo Director General de la Policía Nacional, dadas sus brillantes calidades y cualidades profesionales”.
Esto significa que no tienen ninguna observación sobre las calidades y cualidades profesionales de Naranjo Trujillo. Es más: las destacan, por lo que se puede inferir que coinciden en que la decisión fue correcta.
Sin embargo, más adelante los generales retirados de la Policía, incluidos por supuesto los que fueron a defender a Santofimio Botero, dicen: “(…)disentimos de la forma en que, haciendo uso de su poder discrecional, viene quebrantando las jerarquías institucionales, no respetando las antigüedades adquiridas por el tiempo de servicio de oficiales, a quienes la nación les ha reconocido sus meritorias hojas de servicio con el título de Generales de la República.”
He ahí la afrenta: Uribe desconoció las jerarquías y la tradición de heredar el mando al más antiguo y no al mejor. Lo anterior es una muestra de mezquindad pues por encima de las jerarquías y de las antigüedades deben estar las calidades, las capacidades y el brillo de una carrera exitosa: estas deberían ser las únicas consideraciones para cualquier ascenso, y no los argumentos mediocres del colegio de generales de la Policía Nacional.
Posteriormente los generales explican que “al vulnerar las jerarquías y la antigüedad, se truncan las carreras profesionales de meritorios y brillantes jefes de larga trayectoria y experiencia de más de 30 años.” Lo que deberían exigir es que la escogencia de los generales se base en los méritos y no en las influencias políticas o en la vinculación a una de las roscas que existen en la cúpula de la Policía… pero no, hay que ayudar a los mediocres a que lleguen a los mejores cargos y puedan coronar con honores y medallas, no solo su carrera sino su pensión de jubilación.
Lo que tampoco les quedó claro a los firmantes es que los generales no salieron por cometer algún delito (salvo que alguno decida hablar de la politización de la cúpula) sino porque había un novato mejor que los antiguos.
Finalmente los generales dicen: “nos preocupa sobremanera, las repercusiones que sus acciones se deriven en el quebrantamiento de la moral del personal en todas sus jerarquías”… ¿Qué puede quebrar más la moral de una persona que ver ascender a alguien que no lo merece y que tiene menos operaciones exitosas, menos resultados para mostrar y solo puede presentar unos calendarios como único testimonio de méritos?
Eso si desmoraliza, y además genera desmotivación, pues sin ser osado, sin poner en peligro el pellejo (todo lo contrario a la actividad policial) y siendo honrado, esa persona puede ascender en un tiempo determinado: Si la gente sabe que su trabajo le dará el ascenso (como en cualquier empresa) se esforzará por hacerlo bien, por arriesgar un poco, por entregar resultados positivos y por cumplir con las metas planteadas.
Mientras eso no ocurra, mientras el Colegio de Generales de la Policía se indigne porque se rompan esas tradiciones, seguiremos viendo en las calles y en los campos, a muchos oficiales que tienen que combatir, pero no mucho, para no desgastarse y poder llegar completos al siguiente ascenso… al fin y al cabo solo es cuestión de tiempo para que le pongan una barrita o una estrella más en su hombro.